Por Julio César
Guanche
El actual debate contra
el “centrismo” es muy reciente (viene siendo empleado hace menos de dos años), pero
la imaginación de la que procede es más antigua.
En Cuba desde los
1960 hasta hoy hemos vivido “debates” contra “quintacolumnistas”,
“reformistas”, “segmentos blandos”, “diversionistas”, etc. No es solo una
tradición cubana. La experiencia estalinista convirtió la etiqueta “enemigos
del pueblo”, con sus epítetos correspondientes, en el eje de una política
represiva que se apropió del nombre del socialismo. Tampoco es una tradición
solo “comunista”. Políticas capitalistas represivas han criminalizado diferencias
(y criminalizan hoy de muchos modos) a través de procesos como el macartismo.
El “debate”
impulsado contra los “centristas” pretende reducir a solo dos puntos todas las
posibilidades del espectro político cubano. Se sabe mucho sobre los proyectos
que han defendido esa doctrina (“conmigo o contra mí”) y sobre sus
consecuencias. Sabemos, de inicio, que no conviene al Estado y a la sociedad
cubanas para resolver nuestras necesidades de construcción política y
mejoramiento social.
La pluralidad y el aislacionismo político
Las revoluciones
no son solo un cambio radical en la estructura social y las representaciones
culturales de un pueblo, son también una “masa de acciones colectivas”. No hay
forma de concebir de modo uniforme “esa masa”, que no sea recortando su
interpretación y alcance en el discurso que la delimita y emplea.
Martí dio cabida a
un amplio registro de sectores interesados en la independencia nacional y
social de Cuba. Mella disputó un campo de beligerancia contra Machado con
sectores de la oposición burguesa y de distintos ámbitos revolucionarios. La
política de Guiteras fue defendida, entre otros, por sectores trotskistas. El
partido comunista cubano pactó con Batista en 1938, pero son menos publicitados
los márgenes de independencia que sostuvo. Chibás creó el partido de masas, policlasista,
más grande de la historia nacional hasta entonces. Fidel Castro elaboró, con el
MR-26-7, una de las creaciones políticas más originales de la historia
nacional, capaz de articular a una gran cantidad de personas y sectores sociales.
En la América Latina
del siglo XX no fue “centrista” el APRA peruano que preconizó explícitamente
una “tercera vía” como salida frente al capitalismo y frente al socialismo de
la URSS, cuya deformación ya era evidente entonces. No fue “centrista” ninguno
de los ahora llamados populismos “clásicos”: “ni yanquis, ni marxistas;
peronistas.” O, como decía el cardenismo mexicano: “ni liberalismo individualista
ni Estado patrón”. En diálogo con esa cultura política Fidel Castro formuló la
idea de conquistar la “libertad con pan, y el pan sin terror.”
No era
“centrista” Rosa Luxemburgo en sus debates críticos con Lenin. No lo era
Gramsci en su argumentación democrática sobre la constitución de lo
nacional-popular y en sus críticas al estalinismo. No lo era Che Guevara con su
denuncia al capitalismo y al socialismo soviético. No era “centrista” Hugo
Chávez con su “socialismo del siglo XXI.” No es “centrista” el debate en Europa
sobre la “centralidad del tablero”, que ha impulsado, por la izquierda, Podemos,
en España, frente a la oligarquización de la política a manos de la derecha,
nueva o vieja, y de la izquierda socialdemócrata que devino hace décadas un ala
entusiasta del capitalismo neoliberal.
El problema del “centrismo”
Como ha sido
empleado en este debate, el concepto de “centrismo” es muy difícil de encontrar
en el debate político en cualquier parte del mundo. La razón es simple: es
difícil aceptar que en Cuba, o en cualquier otra parte del planeta, un espectro
político pueda reducirse, si se mira a una sociedad real, a una oposición entre
dos únicos polos, entre una sola y
unívoca derecha y una única y unánime
izquierda, como no es el mismo socialismo el que defienden los socialistas, que
son una gran familia de tradiciones cercanas entre sí de amigos y “enemigos”
fraternos, como los anarquistas, los anarcosindicalistas, los autonomistas, los
consejistas, los autogestionarios, los socialistas democráticos, los socialdemócratas,
los comunistas, etc. (Tampoco es idéntico el capitalismo que defienden los
capitalistas, como son los casos del anarcocapitalismo o de los defensores del
capitalismo regulado, pero ese es otro debate en el que no me detendré ahora.)
En Cuba no existe
ninguna instancia que otorgue en derecho de propiedad exclusiva y excluyente —que
es, por demás, el derecho de propiedad privada típicamente capitalista—, el
monopolio de lo “revolucionario”. El motivo para no aceptar determinadas
diversidades es que estén “financiadas por el enemigo”. Para proteger a la
nación del programa real de la injerencia y la subversión extranjera existen
leyes e instituciones. Quien trabaje probadamente en contra de la soberanía, en
contra de los intereses nacionales/populares, acepte para ello recursos de una
potencia extranjera y su actividad política sea dependiente de ese acceso, no
puede reivindicar legitimidad para participar políticamente de una comunidad
que tiene en la autodeterminación el principio primero de su existencia cívica.
Sin embargo, no
puede emplearse ese recurso a diestra y siniestra para “culpar por asociación”
a cuanto actor estimen los críticos “anticentristas”. (En Segunda Cita, han aparecido
comentarios estrictamente falsos sobre el financiamiento de la USAID y los
recursos “ilimitados” de específicos proyectos dizque “centristas”.) No existen
en exclusiva derechos de la revolución y del Estado a defenderse, en ausencia
de una relación de derechos y deberes con la ciudadanía y el pueblo al que se
deben.
El tema del
financiamiento “enemigo” se ha dirigido solo contra los medios no estatales. Es
importante que varios de esos espacios hayan hecho públicas sus cuentas, que
otros hayan anunciado que lo harán, y es imprescindible que lo hagan todos los
que tienen presencia en el espacio público. La política, para aspirar a ser un
bien común, requiere mucha transparencia. Por lo mismo, la exigencia tiene que incluir
al uso de recursos públicos para poder impugnar, desde la sociedad que somos, su
“privatización”, esto es, su uso exclusivista por parte de sectores con poder
para hacerlo.
El debate contra el “centrismo” y los problemas
nacionales
Muchas personas
se han quejado en este debate de que es un intercambio entre “intelectuales”
con ninguna resonancia para la sociedad cubana. Efectivamente, el término
“centrismo” no tiene presencia en el tan florido e innovador español de Cuba y
no formaría parte de lista alguna que enumere los principales problemas para la
vida cotidiana de millones de cubanos. Pero tampoco tiene presencia en las
ciencias sociales del país (en el trabajo académico en su sentido estricto) ni
ha tenido presencia en el discurso del liderazgo político cubano desde 1959
hasta hoy.
En sus afanes, algunos
críticos del “centrismo” han acopiado a libre voluntad teorías situadas en
otros contextos como si fueran doctrinas defendidas por sus cuestionados. Por
ejemplo, la teoría de la “convergencia”, que han sintetizado como la elección
de los “mejores y peores” rasgos del capitalismo y del socialismo. Sin embargo,
en la versión de Raymond Aron la convergencia entre ambos sistemas se
produciría en una sociedad industrial semejantes en sus características. Por la
izquierda, el grupo de Monthly Review caracterizó en aquel contexto a la URSS
como una alternativa acelerada al desarrollo por vía no capitalista, pero que
no era socialista. Ese debate era una interpretación sobre sociedades reales, no
una conversación sobre “ideas”. Con un escenario por completo distinto al de
los 1960 (para no hablar del estado de la industrialización cubana), con un capitalismo
brutalmente concentrado y violentamente depredador, y único como poder sistémico
mundial, pregonar una teoría de la “convergencia” es un delirio, y pobre será
quien lo haga, pero acusar de pregonarla a quien no lo hace es un desvarío por
partida doble.
Ilustrar una idea
propia, seleccionando a libre voluntad contenidos teóricos e históricos que
calcen dicha idea, y atribuir a otros lo que sea más conveniente para
“desacreditarlo”, no parece ser análisis político ni intelectual. La intención de
calificar de “centristas” a un amplio conjunto de otros no parece ser discutir la posibilidad o la inviabilidad de ciertos
contenidos políticos, ni ponderar analíticamente su deseabilidad, o no, mirando
a problemas reales de la sociedad real cubana —lo que colocaría el debate en un
nivel intelectual superior— sino penalizar a un muy amplio campo de actores que
participan del debate nacional.
El “debate” que
termina autorizando desde un teclado, o peor, desde una oficina, quién es más
“revolucionario”, y proyectando consecuencias para la vida cotidiana de las
personas a partir de tal autorización, es algo más cercano a las discusiones
sobre la fe y las herejías, que a los debates políticos del que hacen parte personas
reales que construyen sentidos políticos mientras disputan a diario lo mejor
para sus vidas, defienden sus ideas y sus prácticas, y tienen necesidades que
solo se pueden resolver, o resolver mejor, con construcciones colectivas.
Cuando
necesitamos con enorme urgencia análisis y propuestas colectivas de soluciones sobre
pobreza, racismo, envejecimiento, violencia de género, bienestar social,
transporte público, acceso a internet, producción de alimentos, empleo digno,
salario decente, maltrato animal, seguridad social, continuidad generacional, calidad
de los servicios, relaciones de mayor beneficio para la nación con su diáspora,
desarrollo económico (después de un PIB en 2016 en negativo por primera vez en
20 años), ampliación y garantías de derechos, y sobre la necesidad de habilitar
resistencias a la generación de relaciones capitalistas de explotación (que no
han sido introducidas por los calificados de “centristas”), y otras cuestiones
de interés capital para la vida del país, un reducido número de cubanos prefieren
concentrar su fervor en el “centrismo” y no sobre este conjunto de problemas.
De hecho, solo ha
llegado a los medios públicos la posición “anticentrista”, como tampoco llegó a
los medios masivos la diversidad del debate de 2006 (la “guerrita de los
correos”). Se dice con facilidad que a nuestra sociedad no le interesan estos
debates, lo que es injusto por cuanto, primero, no tiene acceso a ellos. Otra
cosa, bien distinta, sería que con la información disponible decidiera no
hacerle caso alguno, como sucede hoy con tanta gente desconectada de la
política nacional, sobre los que no muestra preocupación la crítica contra el
“centrismo”.
Cuesta trabajo concebir cómo gana nuestra sociedad con este debate. Además de no concentrarse en los problemas más perentorios del país, el intercambio ha involucrado a personas con un ejercicio público valioso —que es inconcebible que puedan imaginarse como de “bandos contrarios”—. La virulencia y acritud que ha llegado a tener pueden acumular enconos duraderos, “divisionismos” estériles, exclusiones y marginaciones, en momentos en que necesitamos todo lo contrario: construir consensos, articulaciones y empeños colectivos que trabajen a favor del país y su gente. Personas como Silvio Rodríguez y Aurelio Alonso, y antes como Alfredo Guevara y Fernando Martínez Heredia, son capaces de servir de “puente” entre sectores diversos, pero son cada día menos entre nosotros por diferentes razones. Una nación necesita de “puentes” (en otras palabras, de diálogos horizontales) para conservar y desarrollar bienes públicos de importancia capital: el tejido social, la ética del comportamiento cívico, los diálogos sociales, los intercambios políticos. A nada de esto contribuye el actual debate contra el “centrismo”.
Cuesta trabajo concebir cómo gana nuestra sociedad con este debate. Además de no concentrarse en los problemas más perentorios del país, el intercambio ha involucrado a personas con un ejercicio público valioso —que es inconcebible que puedan imaginarse como de “bandos contrarios”—. La virulencia y acritud que ha llegado a tener pueden acumular enconos duraderos, “divisionismos” estériles, exclusiones y marginaciones, en momentos en que necesitamos todo lo contrario: construir consensos, articulaciones y empeños colectivos que trabajen a favor del país y su gente. Personas como Silvio Rodríguez y Aurelio Alonso, y antes como Alfredo Guevara y Fernando Martínez Heredia, son capaces de servir de “puente” entre sectores diversos, pero son cada día menos entre nosotros por diferentes razones. Una nación necesita de “puentes” (en otras palabras, de diálogos horizontales) para conservar y desarrollar bienes públicos de importancia capital: el tejido social, la ética del comportamiento cívico, los diálogos sociales, los intercambios políticos. A nada de esto contribuye el actual debate contra el “centrismo”.
No solo
ante 2018 sino ante todo lo que vendrá en el largo futuro que nos espera tenemos
que construir un país en el que quepa, aquí sí cabe decir alegremente, cada vez
más gente. Las palabras de Martí siguen contribuyendo a ello: “Con letras de
luz se ha de leer que no buscamos, en este nuevo sacrificio, meras formas, ni
la perpetuación del alma colonial en nuestra vida, con novedades de uniforme
yanqui, sino la esencia y realidad de un país republicano nuestro, sin miedo
canijo de unos a la expresión saludable de todas las ideas y el empleo honrado
de todas las energías, ni de parte de otros aquel robo al hombre que consiste
en pretender imperar en nombre de la libertad por violencias en que se
prescinde del derecho de los demás a las garantías y los métodos de ella.”