Si tengo un hermano
hermano que arde
hermano mestizo
hermano de hambre
empapo mis himnos
con luz de su aire
tiño mi bandera
también de su sangre
si tengo un hermano
si tengo un hermano
Si tengo un hermano
hermano de suerte
hermano de vida
de historia y de muerte
no mido sus años
su poca fortuna
no mido su facha
ni mido su altura
si tengo un hermano
si tengo un hermano
Si tengo un hermano
hermano de sueños
hermano de bala
hermano de empeños
le entrego mis libros
le entrego mis manos
sin un humillante
recibo de pagos
si tengo un hermano
si tengo un hermano
(1970)
viernes, 24 de marzo de 2017
miércoles, 15 de marzo de 2017
Panamá obliga a los cubanos a cumplir su ley migratoria
La firma reciente de un memorando de entendimiento con Cuba para protocolizar las deportaciones de sus nacionales y la decisión de hacer cumplir la ley migratoria por los extranjeros, constituyen hoy un giro político de Panamá.
Una treintena de cubanos fueron repatriados a la Isla en las últimas semanas, varios de ellos antes de los acuerdos, aunque las negociaciones para lograr el pacto comenzaron en septiembre pasado, dijo Javier Carrillo, director del Servicio Nacional de Migración (SNM).
Si no se retiran voluntariamente, los 400 antillanos que aún permanecen en albergues de la Iglesia Católica, la población fronteriza de Lajas Blancas y el SNM, serán devueltos a su país de nacimiento, lo que es “obligatorio, no voluntario”, sentenció.
“El que no se quiera acoger, tendremos que aplicarle la ley. Hay algunos que de manera voluntaria están acogiéndose a la deportación. No podemos permitir que el país se convierta en centro de acopio de indocumentados”, aseguró el funcionario.
Afirmó Carrillo que “estamos haciendo valer la ley migratoria panameña, pues no podemos permitir que todo el mundo entre libre por la frontera sin cumplir los requisitos migratorios”, y recordó que México y Estados Unidos deportan a estos irregulares, y “no tiene el sentido la travesía por aquí, sí, serán deportados”.
Sobre la opción recurrida por algunos cubanos de buscar asilo a través de la gubernamental Oficina Nacional para la Atención de los Refugiados (Onpar), el director del SNM dijo que su institución no participa del análisis, y se subordina a la decisión de la Onar.
Esa es una opción que tendrían los irregulares, quienes deben cumplir los requisitos para obtener tal estatus, y aunque “no hago juicios de valor porque no es mi tema, me parece muy extraño que alguien se declare perseguido y salga legal (de su país) por un aeropuerto; eso no suena lógico”, afirmó.
Sobre el protocolo de deportación mutua firmado con Cuba, señaló que incluye detalles de cómo deben hacerse las entregas, lugares de desembarque, información y comunicación consular, dispositivo de seguridad, entre otros, los cuales se siguieron igualmente con irregulares enviados a la isla, antes de contar con el procedimiento firmado.
Este acuerdo para las deportaciones no tiene antecedentes en el historial entre ambas naciones y el funcionario explicó que se mantienen igual todos los demás tratamientos de visados y exención de los mismos para misiones oficiales.
Las primeras deportaciones bajo palabra se hicieron de manera satisfactoria para ambas partes, pero en la actualidad es más fluido y tenemos en lista alrededor de 25 personas que serán los próximos deportados a Cuba, enfatizó al insistir en el cumplimiento de la ley.
Sobre otras nacionalidades que participaron del flujo migratorio masivo en los últimos tres años, el director del SNM informó que solo en 2016 pasaron por territorio panameño unos 20 mil haitianos, mientras desde el 2015 hasta el año pasado lo hicieron más de 30 mil cubanos.
Reconoció que estos son migrantes económicos, quienes tienen el derecho a buscar mejoras para su vida, lo cual es un tema indiscutible -opinó-, pero tienen que hacerlo dentro del ordenamiento jurídico y de una manera ordenada, no irregular.
Carrillo confirmó que el presidente del país, Juan Carlos Varela, dio instrucciones para que se otorguen mil visas mensuales a cubanos para que viajen como turistas a Panamá, el doble de las actuales; sobre los mismos particularizó que entran y salen al territorio, porque gozan de visado múltiple.
Sin estigmatizar en una nacionalidad, el comisionado se refirió al conflicto surgido en la frontera oeste con Costa Rica, por la negativa del reingreso a turistas, en su mayoría venezolanos, quienes retornaban para iniciar el ciclo de permanencia en calidad de visitantes extranjeros por seis meses.
Les estamos diciendo que no pueden hacer ese juego más y está abierta la oportunidad a que la gente se legalice, y si bien se les prohibió la entrada a unos 70, se autorizaron a más de mil, dijo, porque en poco tiempo ocho mil hicieron esa acción de ir y regresar en pocos días.
“Hemos decidido que eso no puede ser”, sentenció; y calificó la acción de migración Express, la cual evitan todos los países que tienen similares leyes.
jueves, 9 de marzo de 2017
Ser o no ser, esa no es la cuestión
Por Carlitos
No es lo mismo ser contrarrevolucionario que
no revolucionario.
El apoyo masivo a la
Revolución es una circunstancia asociada al entusiasmo inicial por un proyecto
que transformó radicalmente una sociedad torcida y corrupta. A ello se sumó la
capacidad movilizadora de liderazgos irrepetibles como los de Fidel y el Che.
Sin embargo, ya no son esos
tiempos. Después de años de desgaste producto del enfrentamiento a agresiones
externas y los errores propios, muchos cubanos viven su vida sin una conexión
directa con el proyecto social. Otros quieren lo mejor para Cuba y, sin
embargo, no comparten completamente el rumbo seguido o por seguir.
Siempre he reclamado el
derecho a ser revolucionario, porque a veces pareciera que "no se
usa" serlo, pero siento el deber de respetar a los que no lo son, no solo
por derecho (somos parte del mismo país), sino porque no se puede negar su
capacidad de aportar.
¿Por qué debemos negar la
posibilidad de participar a quienes no tienen una actitud militante? O, ¿por
qué debemos negar la participación a quienes militan o debaten desde posiciones
diferentes? Unos y otros pueden ser no revolucionarios, pero no tienen
por qué ser contrarios al proyecto. Los límites son claros, para aquellos que
niegan la posibilidad de la Revolución a existir en contubernio con intereses
anexionistas.
¿No es acaso la tarea
primera de los revolucionarios enamorar, sumar y hacer parte al resto? ¿No es
eso los que nos enseñaron nuestra historia y nuestros íconos? Ninguna idea será
suficientemente revolucionaria si se defiende negando el derecho de otras ideas
a existir. Lo revolucionario implica también humildad y capacidad para dudar
sobre lo propio en que se cree.
Sería ingenuo suponer que
muchas formas de pensamiento alternativas son espontáneas. Está suficientemente
documentada la labor del gobierno norteamericano y otros occidentales por
subvertir el Socialismo en Cuba construyendo plataformas artificiales de
pensamiento.
Pero sería irresponsable
suponer que toda idea que no comparta las medidas o rumbos que toma el gobierno
cubano tiene un proyecto de subversión atrás. No todo es capitalismo camuflado
de tercera vía; hay ideas diferentes que pueden ser auténticas. En definitiva,
nadie tiene la verdad sobre un Socialismo que está por construir.
Tampoco es serio suponer que
todo dinero extranjero tiene fines anexionistas. Pregúntese, por ejemplo, de
dónde sale el financiamiento de muchos de los proyectos académicos de nuestras
universidades, incluso en el campo de las ciencias sociales. ¿Les llamaremos
también contrarrevolucionarios o proimperialistas?
La principal conquista de la
Revolución no es la educación y la salud, no son nuestros médicos
internacionalistas, no son los bailarines, escritores, pintores o cineastas de
fama mundial, no son las medallas olímpicas. Esas son conquistas importantes,
trascendentales, pero reversibles. La principal conquista y fuerza capaz de
reproducir la Revolución es un pueblo que sabe pensar por cabeza propia y con
un sentido distinto de la ética.
No podemos seguir discutiendo
en las redes como si la gente necesitara manuales para saber dónde está lo
bueno y lo malo. La lucha ideológica no es algo tan simple. Los cubanos saben
lo que deben saber. No lo sabe cada uno por separado, lo sabe esa construcción
invisible (más invisible y poderosa que la mano invisible del mercado) que es
la conciencia social.
Y si dañino es asumir como contrarrevolucionaria toda
actitud o idea no revolucionaria, dañino es que se pretenda asumir como revolucionaria aquella
actitud que no admite crítica alguna, que solo ve la Revolución como una
cuestión a defender del malecón hacia afuera.
Es un deber de los
revolucionarios defender al proyecto de las agresiones externas y la burda,
incisiva y poderosa tergiversación mediática, pero no es el único deber. Cuando
se hace eso y a la vez se niegan o solapan los errores propios, se está
militando a favor de los que no quieren que Cuba avance (aunque no sea la
intención).
La mejor y más militante
manera de ayudar al gobierno que representa el proyecto de la Revolución no es
justificando cada medida, sino alertando y debatiendo, especialmente sobre lo
fallido o lo que queda por hacer. A los ojos de los jóvenes que se asoman a sus
primeras motivaciones políticas serán verdaderamente creíbles los revolucionarios
que, como el Che, son tan duros con el imperialismo como con las insuficiencias
propias.
Precisamente, en la
estratégica tarea de movilizar a los no revolucionarios a favor del
Socialismo, uno de los grandes retos es mostrar que la excesiva centralización,
la aversión al pensamiento diferente, la acrítica justificación de todo lo que
se hace, la creencia de que la rebeldía internacional da derecho a incomprender
la rebeldía interna, son expresiones de una manera de interpretar el Socialismo
y el ser revolucionario que niega sus esencias. El Socialismo es otra cosa, con
la que es posible y necesario poner a soñar a los jóvenes. Nuestra historia es
testigo.
La gente por la que vale la
pena una Revolución, los humildes, los hombres y mujeres que viven muy modestamente
o muy por debajo de lo que merecen, los que lo hacen sin renunciar al proyecto
revolucionario, los que perdieron o disminuyeron su fe pero siguen trabajando
honradamente, los que edifican familias y valores, los que no tienen tiempo
para estos debates, merecen un diálogo no excluyente, una visión más aterrizada
y menos modélica del presente y del futuro.
Más que diálogo, esa gente
merece avanzar. Merece que no se olvide lo que costó llegar aquí y el valor
histórico y simbólico del istmo de 1959, pero merece también que el proyecto
social se parezca a los jóvenes que lo habitan y hacen posible; que comulgue
con el proyecto individual de cada cual; que sea de avanzada y transgresor en
la ideología, la democracia, la ciencia, la tecnología, la comunicación, el
arte; que entienda la urgencia de hacer para ayer los cambios que todos
aprobamos (y más); que pida compromiso (más que nada con el pueblo y la
verdad); que no deje de ser hereje y, por tanto, de valorar la herejía.
Y ese avance, ese proyecto
social que necesitamos, será muy difícil de alcanzar si esperamos que sea obra
únicamente de los no revolucionarios, de los revolucionarios del tipo
A o de los revolucionarios del tipo B o del C. Debe
ser una construcción de todos.
Ser o no ser, definitivamente, no es la cuestión.
Ser o no ser, definitivamente, no es la cuestión.
domingo, 5 de marzo de 2017
El caso Ravsberg
Esteban Morales
Como se diría en buen cubano, hace
tiempo ya “ que me la tienen pelada” con el caso de este periodista, que lleva
más de 20 años viviendo en Cuba; tiene
hijos, mujer, familia, en fin, es en la practica un ciudadano de este país.
El que tenga algo serio contra
Ravsberg, que me lo diga, porque yo soy revolucionario y no quiero hacerle daño
a la Revolución.
No le debo favores a Ravsberg, pero debo
decir, que cuando me quitaron la militancia del partido por un artículo que no
gusto a cierto nivel, me botaron de la Mesa Redonda y me sacaron del noticiero
matutino de la televisión, el único periodista que tuvo la valentía de escribir
sobre mi caso fue este señor, que ni lo conocía personalmente.
Si el final descubro que Ravsberg es un agente del
enemigo, a lo mejor me hago una autocritica; digo a lo mejor, porque en algún momento a mi
me trataron igual y nadie se hizo una autocritica cuando descubrieron que había
sido un error.
Yo, además, debo tener problemas
ideológicos, porque hasta ahora no he leído un solo artículo de este periodista, al menos de
los publicados en Cuba, que no me haya
gustado. Hasta los más picantes, incluso me encantan, porque en este País sobra gente a la que hay que
ponerle “ajicitos” “ “en sálvese sea la parte”, para que se muevan y cumplan con su deber. Y
los artículos de Ravsberg se las pintan para esa gestión.
Pero lo de Ravsberg ya no tiene
nombre, hace poco, la vicepresidenta de la UPEC se dio el lujo de hacer insinuaciones contra él y ahora, más recientemente, en su blog, una periodista, que no se si ya ha
logrado acumular la calidad periodística que tanta falta nos hace, se da el lujo hasta de amenazarlo. Esto
se me está pareciendo
a Centroamérica, con la única diferencia de que no los asesinan en la calle.
La UPEC por su parte respondió que como
Ravsberg era extranjero no le fue posible aceptar la denuncia del periodista.
Algo, la verdad, que se me parece un
poco a la xenofobia que le criticamos a
otros. ¿Así que Ravsberg por ser extranjero no tiene derecho a que la UPEC lo
defienda? ¿Querrá decir esto que hasta podrían matarlo y no pagarlo? Por menos que eso, la UPEC le ha retirado el carnet a un miembro
de su gremio. Creo que los compañeros de la UPEC debieran asesorarse con un
abogado constitucionalista.
Claro, cuando Ravsberg escribe lo hace con la
valentía que debieran tener algunos de los nuestros. Dice las verdades, sean malas o buenas y critica todo lo que considera debe
ser criticado. Eso, sin dudas, choca con una epidemia que siempre hemos padecido, donde el virus,
más bien las bacterias, de las verdades
a medias, las ausencias de información y la
metástasis de la adulonería, combinadas
con la apología, están acabando con
nosotros.
Nuestras deficiencias informativas
son de tal magnitud, que llegamos hasta a proteger a los corruptos. Apenas
informamos sobre estos hechos y las
caras de los corruptos no aparecen por ninguna parte.
Digo,
con toda sinceridad, que lo dejemos tranquilo, que solo está haciendo su
trabajo. Equivocarse, puede como cualquiera, aunque ojala todos los que se
equivocaran lo hicieran por exceso y no por defecto, que resultan ser la inmensa mayoría.
Ravsberg pertenece a esa prensa, donde están la inmensa mayoría de los intelectuales que
escribimos, que nunca encontramos
espacio en la llamada “prensa oficial”,
porque lo que escribimos no gusta; porque nos interesa más estar delante de la noticia que detrás de ella; porque nos mueven los acontecimientos de la
vida real, sobre todo decir las verdades; para
poder incidir sobre la vida social; porque hacemos criticas para mejorar el País; porque disponemos de una computadora y de un
correo electrónico y de algunos de
ciertos accesos a internet, que nadie nos puede quitar.
Además, aconsejo, que cuando Ravsberg
escriba un artículo que no sea del agrado de alguien. Lo que hay que hacer es
escribir otro mejor. No amenazarlo.
Marzo 3 del 2017.
miércoles, 1 de marzo de 2017
Los ladrones del FMI
por Guillermo Rodríguez Rivera
Con la mordacidad que fue uno de los
atributos de su inteligencia, escribía Bertolt Brecht: “¡Qué insignificante es el
delito de asaltar un banco, comparado con el delito de fundar un banco!”
Las agencias de noticias nos dejan saber
que el exdirector gerente del Fondo Monetario Internacional, el español Rodrigo
Rato, también exvicepresidente del gobierno español bajo la presidencia de José
María Aznar, ha sido condenado a cuatro años de cárcel por desvío de fondos y
administración desleal.
Pero la actual directora gerente del FMI,
la francesa Christine Lagarde, fue condenada en el pasado mes de diciembre, a
un año de prisión y a pagar una multa de 15 mil euros por un delito semejante,
en los tiempos en que fuera ministra de economía de la república francesa.
Me
pregunto: una condena de ese tipo ¿le permite a madame Lagarde continuar desempeñándose al frente del FMI?
El FMI es un gran usurero internacional. La
mayor parte de las naciones del mundo ha pagado la inevitable deuda externa
cuando pagaron los intereses de ella, pero siguen debiendo el capital
principal, y la deuda externa se va convirtiendo en la deuda “eterna”. Ahora
mismo, Grecia está condenada a tener un superávit
de más de un 2 % por encima del producto interno bruto para recibir los
préstamos que le permiten abonar los intereses de la deuda: esto es, que la
deuda trae más y más deudas.
Ni el pueblo ni el gobierno griego quieren
conseguir ese superávit porque solo
se lograría recortando los gastos es educación, salud, salarios y pensiones. Es
el superávit de más austeridad, que
únicamente traerá más miseria para los griegos “de a pie”.
A don Rodrigo Rato lo han condenado por un
oscuro manejo de las tarjetas de crédito de Caja Madrid, uno de los bancos de
la capital española, y a madame Lagarde por desvío de fondos en sus tiempos de ministra
de economía de Francia, pero parece que esa condena no le impide mantenerse al
frente del FMI, como acaso tampoco se lo habría impedido al correligionario de
Aznar.
Acaso la junta directiva del Fondo
Monetario Internacional esté aplicando el elemental razonamiento del maestro
Brecht: ¿qué significan los delitos de desviar fondos de los ahorristas de Caja
Madrid o del erario público francés, frente al enorme delito de ser el director
gerente del FMI?
Mientras a madame Lagarde no se la condene e inhabilite por estar al frente del gran usurero internacional, sus otros delitos serán siempre menores.
Mientras a madame Lagarde no se la condene e inhabilite por estar al frente del gran usurero internacional, sus otros delitos serán siempre menores.
jueves, 23 de febrero de 2017
25 sabores de Coppelia
Centropablonoticias
comparte el texto que sigue, leído por Jorge Gómez, director y uno de los
fundadores del grupo Moncada, en la
primera mesa del Coloquio por los 50 años de la creación de la revista Pensamiento Crítico, realizado en la
Casa del Alba Cultural el pasado 21 de febrero y organizado por un grupo de
jóvenes investigadores cubanos entusiasmados y comprometidos con el análisis de
los problemas (pasados y actuales) del país y los avatares de la historia del
pensamiento revolucionario.
Escrito con la pasión y el encanto de la memoria transitada, el texto sobrevuela lugares y momentos de la historia vivida por el autor –que es la historia de parte de su generación y del pueblo en general.
Jorge Gómez fue colaborador de la revista y profesor en el Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana, centro de aquel fructífero empeño editorial que documentó los avatares de la realidad cubana, latinoamericana y mundial durante los años en que fue publicada.
Leído en la mesa que tenía como tema las circunstancias de la aparición de la publicación, el texto nos entrega, al mismo tiempo, la magia de la memoria y la belleza cómplice que el autor decidió compartir con nosotros. Aquí está.
Víctor Casaus
Escrito con la pasión y el encanto de la memoria transitada, el texto sobrevuela lugares y momentos de la historia vivida por el autor –que es la historia de parte de su generación y del pueblo en general.
Jorge Gómez fue colaborador de la revista y profesor en el Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana, centro de aquel fructífero empeño editorial que documentó los avatares de la realidad cubana, latinoamericana y mundial durante los años en que fue publicada.
Leído en la mesa que tenía como tema las circunstancias de la aparición de la publicación, el texto nos entrega, al mismo tiempo, la magia de la memoria y la belleza cómplice que el autor decidió compartir con nosotros. Aquí está.
Víctor Casaus
25 sabores de Coppelia
por Jorge Gómez
El centro de la Habana se había desplazado
definitivamente hacia la zona del Vedado. La
Rampa era una especie de parque de ciudad grande, en que los jóvenes iban a
nada y a todo, a ver y a dejarse ver. En la esquina de L y 23, el cine Warner, famoso entre los circuitos de
estreno de la capital, había perdido su nombre americano para tomar el de Radiocentro, para volverlo a perder
enseguida, y tomar el nombre cubano y revolucionario de Yara. El hotel Havana Hilton nacionalizado bien temprano,
también había cambiado su nombre por el de Habana
Libre, y prácticamente era el punto de partida de todo el tránsito, el
lugar obligado de todas las citas (amorosas o no) y todos los encuentros.
En los terrenos de lo que había sido un hospital más
bien sórdido, se acababa de levantar, semejante a un platillo volador, la más
grande de las heladerías de la historia nacional, en la que se podía degustar
los que vendrían a ser también los mejores helados de esa historia, émulos
declarados de los tan encumbrados Howard
Johnson, con más de treinta sabores (algunos de los cuales tendrían nombres
tan lejanos de nuestra cultura del helado cotidiano como “pistaccio”,
“chocolate nuez”, “crema escocesa”, “ajonjolí” o “creme de vie”) y más de
veinte especialidades.
La Universidad de la Habana está a unos escasos
trescientos metros. Los jóvenes profesores de Filosofía y los de Letras, los
estudiantes de Economía y Planificación, los que estrenaban la carrera de
Psicología o los cursos acelerados de Sociología, los trovadores y los poetas
más exquisitos, los pintores sin galerías para exponer aún, los
latinoamericanos de varios países que después serían guerrilleros (algunos
serían mártires), las muchachas que no esperaban a que la FMC las hiciera
iguales, los que ganaban el Premio Casa de la Américas o el Premio David como
si fuera lo más natural de la vida, sin alboroto.
No fue una bohemia de bares y cantinas, de consumos
exóticos o rebuscados. Bastaba un helado, incluso el más común helado de
vainilla, para estar, hasta bien entrada la noche, tratando de componer un
mundo en que todos (hasta los más preclaros pensadores de generaciones
anteriores) éramos puros diletantes.
La música bailable
Probablemente,
mi mejor amigo de la adolescencia fue Ángel
Hernández. Él tenía una particular
habilidad para simplificar y hacer simpáticos los enunciados más difíciles de
cualquier filosofía. Ambos éramos fanáticos de la música. Él tranquilizaba mis
tormentos existenciales, cuando me decía, con total convicción: “En Cuba, el
deporte es la pelota; y el arte, la música… La música es la música popular… y
la música popular, la bailable”. Quiero que este sea mi homenaje a ese joven
eterno que lamentablemente, ya no estará más cono nosotros. Voy a
comenzar precisamente por ahí.
En
aquellos momentos, se había consolidado uno de los hechos más significativos en
la historia del baile popular: el estilo “casino” y la llamada “rueda de
casino”, una curiosa mezcla de sabrosura criolla y giros de rock and roll.
Ya la Sonora
Matancera era sólo un recuerdo, pero el Conjunto
Casino era imprescindible. Faz, Ribot y Espí cantaban (los tres en un solo micrófono, como
exigía la época), y se podía ver fácilmente cómo viajaban los camaroneros,
encendiendo estrellas en el litoral, y había que parar de bailar una, dos, tres
veces según se parara la bola.
Chappotín,
Lilí Martínez y Miguelito Cuní saborean el quimbombó que resbala, venden el saco de
carbón a tres quilos, comen candela, y se salpican cuando el tiburón se baña.
La Orquesta América y la Aragón, habían trasladado a los ’60 el
sonido charanguero. Abelardo Barroso,
que ya entonces era una persona “mayor”, pegó a la Sensación. Dijo que era guajiro y que venía de Cunagua, pintaba a
Matanzas confusa y las Cuevas de
Bellamar, y nunca se cansó de pedirle a Macorina que le pusiera la mano aquí.
En la Orquesta de Neno González, un
cantante atormentado reclamaba dramáticamente a la amada no saber besar ni
estrujarse en una boca –“porque eres cobarde”—, y concluía con un apoteósico
marañón, que definitivamente le gustaba mucho más.
Desenfadado
e informal, irreverente y maravilloso, el Beny
cantaba a Santa Isabel de las Lajas, querida; a Cienfuegos, la ciudad que más
le gustaba; a Santiago de Cuba, policromada estampa criolla que derretía el
sol; a la Bahía del Manzanillo, donde pescaba la luna en el mar… tantos lugares
inmortalizados por una sola voz, como la camarera que le servía un trago de ron
y tomaba cerveza junto a su corazón…
El grupo Lulu Yonkori
había dado la sopita en botella a todo el país, en el primer guaguancó grabado
en disco (“El vive bien”, 1956).
Rumbavana
nos descubría a Juan Formell cuando Van Van era sólo un proyecto y al Son de Adalberto, cuando todavía no se
pensaba en Son 14.
Pello el Afrokán,
hacía mover a toda la isla con el mozambique,
un ritmo tan explosivo como efímero.
Al frente
de Los Bocucos, un conjunto en el que
Ibrahim Ferrer tocaba el güiro y
hacía coros, Pacho Alonso no quería
piedra en su camino. A él no le importaba que le dijeran feo, pero, como Faustino Oramas, estaba preocupado porque
en Guayabero le querían dar.
La canción y el
bolero
De todas partes nos llegaba alguna canción. De
Francia, valía la pena el armenio-parisino Charles
Aznavour, a pesar de algunas traducciones al español con kitsch de
campeonato, y Jean Ferrat (a partir
del éxito taquillero de “La vieja dama indigna”).
De Italia, estaban recién entrando las canciones de Sergio Endrigo, en sus originales y en
versiones de Roberto Carlos o Dyango. Pero eran “convoyadas” con Rita Pavone (¡ay, aquella lamentable
versión de “If I had a hammer” de Pete
Seeger!), y con lo bueno y lo malo de las canciones que andaban en el
entorno de los festivales de Sanremo.
De España nos llegaban, por supuesto, muchas más
propuestas. De modo que al notable descubrimiento de Joan Manuel Serrat, había que sumarle Karina, Marisol, Rocío Durcal en su etapa española, Raphael, Nino Bravo, Juan y Junior…
y todo lo que hoy suele llamarse “la década prodigiosa”, y que entonces le
llamábamos “la música de Nocturno”
Esa misma música multiplicada nos llegaba de América
Latina. Sería interminable la lista, y habría de todo como en botica. Pero
habría que destacar a los Buckis, de
México, y al argentino Leonardo Favio, quien quizás simplemente
le regalara una rosa, a la que fue suya un verano, solamente un verano.
En Cuba, el temperamento de Lourdes Torres, recién salida de Los Modernistas, creaba un desafiante estilo feminista que ha
permanecido por muchos años casi intacto en nuestra cancionística. Martha Strada rompía muchos esquemas
interpretativos, y lograba hacer una versión de “La mamma” más dramática aún
que el ya dramático original de Aznavour.
El bolero de los ’60 tenía sus héroes. Orlando Vallejo, dueño y señor de las
victrolas. Orlando Contreras “la voz
romántica de Cuba” al que nada lo colocó tan en la cima como “Un amigo
mío”, el primer “Rashomon” bolerístico de la historia. José Tejedor, el maestro del bolero moruno. Ñico Membiela, que tuvo
un éxito rotundo con lo que hoy se llamaría un “mashup” que unía el viejo bolerón mexicano “Contigo” con otro,
llamado “Besos salvajes”, de confusa paternidad y texto de José Ángel Buesa, pero nada lo haría tan popular como aquel “Boxeo
de amor”, un antecedente insólito de la canción erótica. Y, por supuesto, Lino Borges, su corazón hecho cristal y
su irrepetible versión del clásico mexicano “Vida consentida”.
Hubo muchos cuartetos entonces. Pero habría dos
llamados a brillar con luz muy especial.
Los Meme convirtieron en hits nacionales todos los temas de Meme Solís, y piezas tan distintas entre
sí como “El torrente” y “Sans toi”, el hermoso tema compuesto por Michel Legrand para el film “Cleo de 5 a
7” (Agnes Varda, 1962).
En el otro extremo de la cuerda, cuatro jóvenes
pobres y habaneros, conocedores de todas las vicisitudes de la vida mundanal,
saltaron del barrio a la inmortalidad en poco más de dos años, con el nombre de
Los Zafiros. Las muertes de Ignacio y Kike Morúa en plena juventud dejaron en todos una desconcertante
sensación de vacío.
La música
“americana”
Ya habían pasado los mejores momentos de Elvis Presley, y los éxitos de Bill Haley (con su guitarra, su
buscanovio y sus Cometas) eran,
cuando más, un eco que se iba perdiendo a la distancia. A decir verdad, ni James Brown, ni Janis Joplin y mucho menos Jimi
Hendrix tuvieron gran impacto en el sonido que circulaba en las calles
cubanas de los ’60. “Woodstock” era sólo una referencia para algunos
entendidos. En su lugar, llegaba una música más “aséptica”, diseñada por la
industria del entretenimiento, con talentos como Paul Anka (¡ah, aquel disco memorable, al que por acá se le llamaba
“Los 15 de Paul Anka”, imprescindible en toda fiesta adolescente!).
También
acreditable a Nocturno es la entrada de algunos clásicos de la música soul, los imprescindibles sonidos del
silencio de Simon & Garfunkel, y
el mítico cuarteto The Mamas and the
Papas (“Monday, Monday”, “San Francisco”), que nos convocaron a otra manera
de escuchar la música “americana”.
Todavía
era raro escuchar a Bob Dylan o Joan Baez, y aún más a Leonard Cohen. Nadie había invitado a Lennon a sentarse en un parque habanero,
y tener una placa de los Beatles era
pasaporte seguro para ser invitado a todas las fiestas de los socios de la
Universidad.
La era ya
estaba pariendo un corazón, y ese año moría el hombre de ese siglo… allí. Pero
esas canciones llegarían en el 68, poco después de que descubriéramos a Silvio, en uno de esos programas
musicales de la televisión de entonces, contándonos su sueño de colgado y la
sed de amor de una bruja amiga. Fue una sacudida. ¡Violenta!
La necesidad del “arte y la cultura de la Revolución”.
En las otras
esferas, los años ’60 serían un verdadero torbellino de ideas: todo era puesto
a prueba, todo era discutible, las verdades eran --cuando más-- relativas, “ni
César, ni burgués, ni Dios”.
Lunes de Revolución
Desde
el propio periódico Revolución, órgano oficial del Movimiento 26 de Julio, y
apenas unos meses después de aquel enero del 59, se comenzó a mover el
pensamiento. Convertido ya hoy en una especie de mito, el sorpresivo suplemento
cultural Lunes de Revolución podía
darse el lujo de hablar desde una poética de vanguardia impensable sin una
verdadera revolución del pensamiento. Virgilio
Piñera, Antón Arrufat, Pablo Armando Fernández, Fayad Jamis,
Ambrosio Fornet, Lisandro Otero, convocados por Cabrera Infante, como Goytosolo
y Carlos Fuentes, eran el cotidiano,
donde había también diseños de Raúl
Martínez y Tony Évora, fotos de Korda
y de Raúl Corrales, y los crípticos
dibujos de Chago Armada, quien, para
asombro de muchos de nosotros, había escrito la mayoría de las canciones del Quinteto Rebelde.
La Casa de las Américas
Muchas
veces, las instituciones, como tantas otras invenciones humanas, se parecen a
sus líderes. La Casa de las Américas
fue fundada en el mismo 1959, y tuvo al frente, por más de veinte años, a Haydée Santamaría.
Poco a
poco, comenzaron a llegar, desde todas partes, narradores y poetas, pintores y
escultores, ceramistas, las más variadas gentes y oficios de teatro,
sociólogos, historiadores, folkloristas y cantores que iban poblándola como una
aldea mágica, donde podían coincidir, a la hora menos pensada del día menos
pensado, digamos Julio Cortázar, Pete Seeger, Roberto Matta, Roque Dalton,
Roy Brown, Argeliers León y Regis Debray.
Comenzó
a ser una moda juvenil asistir a cuanto evento se produjera en la Casa. El Premio Literario Casa de las Américas era seguido como se siguen en
otras latitudes las ceremonias de los Oscar
y los Grammy.
Un buen
día, la Casa convocó a un encuentro
de la “canción protesta”, que tendría ecos impredecibles. La entonces joven (y
siempre incansable) Estela Bravo tuvo
a su cargo la organización de ese evento sin precedentes. En la propaganda del
encuentro, apareció por primera vez la hermosa rosa sangrante diseñada por Alfredo Rostgaard, que sigue dando la
vuelta al mundo como símbolo de la canción comprometida.
El Instituto Cubano del Arte y la Industria
Cinematográficos (ICAIC).
También
en los primeros meses de 1959, se había creado el ICAIC.
Tan
temprano como en 1962, ya habían aparecido más de un centenar de emisiones del Noticiero ICAIC Latinoamericano,
verdaderos ejemplos del buen hacer;
se había fundado la Cinemateca de Cuba
con una impresionante programación, y protegiendo todos los fondos
cinematográficos cubanos; habían sido publicados decenas de números de la
revista Cine Cubano; habían aparecido
también decenas de documentales con un lenguaje que prefiguraba toda una
escuela cubana del género, de la cual podría hablarse con nombre propio, y que
comenzaba a ser noticia en los grandes eventos cinematográficos, en los que
abundaron, desde entonces, los premios y los reconocimientos.
El
ejemplo total: Santiago Álvarez, una
especie de ser de otra galaxia, que abrió fuego graneado hacia todas las
direcciones. En ese año, llegó la magia irrepetible de “Por primera vez” (Octavio Cortázar, 1967). Definitivamente
nos convencieron de que el documental tenía vida propia, y no sería ya, nunca
más, el simple “complemento” de la “película” en los cines cubanos.
A Julio García Espinosa se deben, por lo
menos, dos grandes largometrajes: “Cuba baila” (1960) y “Aventuras de Juan Quin
Quin” (1968). A Manuel Octavio Gómez,
“La salación” (1965) –un tema “atrevido” para la época– y “La primera carga al
machete” (1969). A Humberto
Solás, apenas dos títulos le valieron reconocimiento
inmediato: “Manuela” (1967) y “Lucía” (1969).
Pero,
sobre todo, ahí estaba Titón. Siete
filmes en esa década, entre ellos tres de los
más recordados de toda la historia del cine cubano: “Las doce sillas” (1962), “La muerte de un burócrata” (1966) y el clásico de clásicos “Memorias
del subdesarrollo” (1968).
Como si
esto fuera poco, el ICAIC había
logrado un sub-producto extraordinario: la producción de carteles. Lo curioso
es que aquel lenguaje rebuscado, siempre distante de la inmediatez ramplona de
una buena parte de lo que aparecía como propaganda en otros sectores, era
entendido por los más. El que no tuviera una buena colección de “afiches” del ICAIC colgado en sus paredes, no podía
aspirar a mucho.
Es
acreditable también al ICAIC, y a la
paciencia y sabiduría de Alfredo Guevara,
la creación del Grupo de Experimentación
Sonora, verdadero laboratorio creativo en el que todo sería posible, y que
dotó al cine cubano de una personalidad sonora única y reconocible.
Inventando
cuanto había que inventar, abriendo una perspectiva inconmensurable, el ICAIC nos propuso ver el mejor cine del
mundo en medio de polémicas que, en oportunidades, trascendieron el mundo
cultural para adentrarse en los muchos vericuetos ideo-políticos que una
revolución naciente va generando por su propia naturaleza.
Anita Ekberg, ebria, se movía, con su sueca sensualidad,
dentro de la Fontana de Trevi en el mismo cine en que Monica Vitti tenía aquella mirada siempre perdida, Cybulski era tan intenso como James Dean, un niño inválido disparaba a
una paloma blanca, Jana Projorenko
llenaba de ternura los últimos días de un joven soldado devenido héroe por casualidad
y Tatiana Samoilova miraba pasar las
grullas bajo un cielo encapotado. Chrujai,
Kalatosov, Fellini, Polanski, Truffau, Tony Richardson, Saura, Antonioni aseguraban llenos completos en
cualquier cine incluyendo los llamados cines de barrio. Nada mal.
La literatura
Ya
habíamos conocido a Ti Noel, el seguidor de Mackandal, y habíamos escuchado
toda la Sinfonía Heroica en el
Auditorium, metidos en la dolorosa persecución de “El acoso”. Así nos fuimos preparando para las
complicadas aventuras mundanales del iluminado Victor Hughes, y sus escarceos
amorosos con Sofía. Carpentier. El
realismo mágico. Un arte superior.
El
senador Gabriel Cedrón afirmaba: “El país avanza, señores. ¡Esa es la
situación!”, y Lisandro Otero
arrancaba su trilogía cubana con un premio Casa
de las Américas.
Habían
comenzado a llegar algunos libros “medulares”. Los hombres de aquel general
llamado Panfilov, estuvieron muchos años literalmente “en primera línea”. El
espíritu aventurero de toda una generación saltó de los aviones cazas que
piloteaban los “Halcones negros” directo a la carretera que llevaba a
Volokolansk.
Empezaron
a ser como de la familia, todos los Buendía de “Cien años de soledad”, Aura y
Felipe Montero, Pedro Páramo y Juan Preciado, el Jaguar y el Esclavo, la Maga y
Rocamadour. Sabíamos, por Vallejo que
hay golpes tan fuertes en la vida como del odio de Dios y que Walt Whitman se cantaba y se celebraba,
con toda la razón de saberse un ser humano, pero sobre todo que Neruda podía escribir los versos más
tristes esa noche, pero nos estaba pidiendo un minuto sonoro para la Sierra
Maestra, y, que Juan Gelman reclamaba
a gritos que se nos abriera la puerta de la historia para entrar con Fidel, con
el Caballo.
Fayad Jamis
había publicado “Los puentes”. Fue un descubrimiento. Todos anduvimos por
París. Todos fuimos vagabundos de la ciudad, el otoño y el alba. Todos nos
enamoramos de Kinnairam, la
perseguida del cuento árabe para Mariannik. Pero a ese poemario accedimos sólo
después de que ya habíamos quedado desarmados cuando leímos, por primera vez,
los poemas simples y directos de “Por esta libertad” (Premio Casa de las Américas, 1962) y nos convencimos una vez más de
que habría que darlo todo, hasta la sombra, si fuera necesario, por aquella
libertad de canción bajo la lluvia.
Fernández Retamar, trataba de construir una escuela con las mismas
manos de acariciarla (a ella, la eterna y desconocida musa de los poetas), se
preguntaba si aquella voz de Beny Moré
era ya la voz de nadie, y si en el futuro previsible habría bastón. “Con las
mismas manos” (1962) fue el otro gran poemario de cabecera.
Ahí, al
lado, teníamos a Jesús. Tipo del
barrio, unía a su enorme talento y su necesidad de saber de todo, un notable
carisma y unas extraordinarias dotes de comunicador. “¡Pendejo!”, decía el
personaje. ¡En la primera página del libro! Como un mazazo. Algo tan inesperado
como necesario. “¡Pendejo!”, dos veces más ¡en la misma página! Después
vendrían uno tras otro, los diez relatos que conforman “Los años duros” (Premio Casa en 1966), la bengala, la
clarinada que anunciaba el comienzo de una nueva literatura. Así lo sentíamos
todos.
El Chino Heras había estado en Playa Girón y, en un pequeño libro
de cuentos, dejó, mucho más que la épica de aquella gesta, algunas de nuestras vivencias
definitivas, a propósito de seis jóvenes combatientes con sus seis nombres y
sus seis circunstancias. El último se llama “Eduardo”, y narra la más profunda
de sus tribulaciones: “Se acabó, la guerra ha terminado y estás vivo…”
Víctor inmortalizaba
los ya inmortales restos de las Ruinas de Pompeya y bendecía los muslos feroces
de Bárbara, dondequiera que estuvieran, por los mismos días en que Guillermo nos ofrecía una deliciosa
receta de amor, que nunca incluyó el matrimonio.
El teatro
Sobreviviendo
a su pasado reciente, ya Teatro Estudio
se había asentado en el Hubert de Blanck,
y ya habían logrado convencer a todos de que Fuenteovejuna fue quien mató al
Comendador, que el teatro político no tenía que ser aburrido, y que el teatro
cubano podía ser alimento de las grandes masas. “Contigo pan y cebolla” (Héctor Quintero) y más tarde “La noche
de los asesinos” (José Triana)
abarrotaban la sala y obligaban a repetirlas una y otra vez.
Sartre y Simone de Beauvoir asisten al reestreno
de “Electra Garrigó”, Virgilio Piñera
sigue, contando parte de su vida contradictoria en “Aire frío” y, en este mismo
1967, sus “Dos viejos pánicos” le darán el premio Casa de las Américas.
Camila
no quiere que Ñico se vaya, lo “amarra”, lo persigue, pero algo está cambiando
a su alrededor, y la lucha de lo que se prefigura como futuro contra ciertos
atavismos ancestrales es inevitable. “Santa Camila de la Habana Vieja” (José Ramón Brene) se apodera de los
escenarios, y entra en la televisión.
Estorino
estrena “El robo del cochino”, “Las vacas gordas” y “La casa vieja”. Antón Arrufat recién estrena “Todos los
domingos”, y prepara “Los siete contra Tebas”. Héctor Quintero vuelve con “El premio flaco”. Todo está listo para
la entrada en escena de “María Antonia” (Eugenio
Hernández), un clásico temprano del teatro cubano de la Revolución.
Nuevamente
emprendedor y vanguardista, Vicente
Revuelta encabeza la tropa que, bajo el nombre de Los Doce, ha comenzado el acercamiento a la técnica teatral de
Grotowski.
En otro
extremo, y buscando las razones para un teatro nuevo entre los montes de la
Sierra del Escambray, en las pequeñas miserias y el heroísmo cotidiano, Sergio Corrieri y Gisela Hernández han comenzado a desplegar un movimiento que tendrá
dimensiones extraordinarias.
Los
viejos sueños de titiriteros recalcitrantemente activos comenzaban a hacerse
realidad en medio del Vedado, en la parte más baja del edificio más alto de
Cuba. Del ingenuo y cubanísimo “Pelusín del Monte” al muy atrevido y lorquiano
“Amor de Don Perlimplín con Belisa en su jardín”, el Teatro Nacional de Guiñol se sumaba a la poderosa ofensiva
teatral.
Las artes plásticas
De
muchas maneras llegaba el vigoroso legado de las vanguardias de la plástica
cubana de décadas anteriores, pero nada nos sería tan cercano como el trazo
fuerte y los azules intensos del mural de Amelia
Peláez en la fachada del Habana Libre, paso obligado de la Universidad a La
Rampa.
Los
colores del carnaval, los que se posan sobre rostros perfectos de mujeres, los
diablitos y otros santos populares, todos convulsionando en paisajes de una
ciudad abigarrada en la que uno se reconoce y se extraña. Portocarrero había acaparado la visualidad del cotidiano habanero.
Cabrera Moreno, viaja de la pintura épica a la más delicada sensualidad
expresionista.
Pero, sin
dudas, el más popular es Raúl Martínez
el gran gurú del pop nacional. Para eso, bastaban las secuencias y
reiteraciones de imágenes de Martí, que luego extendería a otros héroes como el
Che, Camilo y el propio Fidel.
Es
también exactamente en este 1967 que el famoso Salón de Mayo del Museo de Arte Moderno de Francia decide tomar La Habana. El Pabellón
Cuba crecía en todos los imaginarios posibles, las nuevas aceras de La Rampa se
llenan de cuadros empotrados en su granito, que la gente evita pisar, mientras
la música iconoclasta de Juan Blanco
intenta acompañar aquella instalación permanente.
Algunas publicaciones
Una buena
cantidad de publicaciones llenan las librerías y los estanquillos. Es imposible
buscar tanto en la memoria. Konstantinov,
Roger Garaudy, Sánchez Vázquez, Louis
Althusser, el Che, Adam Schaft, Galeano,
Regis Debray, Bertrand Russel, la teología de la liberación, Franz Fanon…
Tan
cercano El Caimán Barbudo… tan lejana
Teoría y Práctica.
¿Yo?
Febrero
de 1967. ¡TODO ESO! está pasando por estas calles. A la velocidad de la luz. Y
sólo hemos vivido ocho años de Revolución.
Un año
antes, caminando desde la parada de la 37, llegué por primera vez al
Departamento de Filosofía, con mi camisa gris de trabajo y mis botas rusas…
todo tan a la moda.
¿Cómo es
que llegué a escribir en un libro de texto para la Universidad? ¿Cómo pude
batirme de tú por tú con Michel Guttelman?
¿Cómo redacté una parte del “folletón” sobre política económica? ¿Quién me dijo
que yo podía inventar ese primer curso de Estética en la ENA? ¿Qué hago sentado
en la oficina de los asesores del Presidente del ICRT? ¿Cómo llegué a compilar
con Eugenio ese volumen trascendente
de la revista Referencias en que por
primera vez estarían juntos Teodoro
Adorno, Umberto Eco, Gunther Anders y Armand y Michelle Mattelard, y una
docena más de especialistas, para hablar de medios de comunicación masiva y de
industrias culturales? ¿Cómo he podido prologar este tremendo volumen? ¿Cómo la
Antología de Manuel Sacristán sobre
la obra de Gramsci, o la edición
cubana de “Eros y Civilización” de Marcuse?
No sé. No
me lo creo.
Pero
recuerdo bien cuando hojeé las páginas del primer número de Pensamiento Crítico, cuando sentí aquel
olor de tinta fresca que era como los zapatos nuevos de mi infancia. Tenía
entonces 24 años.
Recuerdo
también la portada amarilla y violeta del número 41.
Parece
que todo me pasó entre los 24 y los 27.
Hoy es
febrero de 2017. Gracias a mis errores como filósofo, he conocido una buena
parte del mundo, algunos de sus mejores y más famosos escenarios y estaciones
de televisión, mucha gente me reconoce en las calles, me saludan al pasar, y
siento que me quieren, tengo una excelente relación personal con Leo Brouwer y Frank Fernández, con Vicente
Feliú y Adrián Berazaín, con Elito Revé y con los dos Alexander (el de Habana de Primera y el de Gente
de Zona).
Pero
sigo teniendo un extraño sentido de pertenencia. Ante cada reto intelectual, me
pregunto qué pensarán Fernando, Aurelio, qué pensará Pedro Pablo, mi compañero de la CJC, qué
habrían pensado el gordo Hugo o mi
hermano Angelito.
No sé
dónde se reúnen ahora los muchachos como Alejandro
Gumá, a quien debo la gentileza de haberme invitado al coloquio y a decir
algunas de estas cosas. Donde quiera que sea, y a pesar de todo… ¡espero que
haya 25 sabores!
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Soy un cubano que deseo viajar a Panamá, al igual que mi esposa, no para quedarnos, pero nos ha resultado imposible establecer comunicación con la embajada de Panamá en Cuba.
Como despues critican a Francia, Turquia y demas paises cuando intentan lidiar con campamentos de miles de emigrantes??? No hablen de doble resero…