en la entrega del Premio Nacional de las Ciencias Sociales y Humanísticas.
Quien aspire a consagrar su vida al pensamiento revolucionario tiene, ante todo, que respetarse a sí mismo, y defender su pensamiento con libertad.
Compañero Bernal, compañera Zuleica, miembros del
jurado, compañeras y compañeros:
No sé si voy a lograr decir algo a la altura de lo que
merecen quienes, desde el jurado y de los centros que propusieron mi nombre,
han honrado mi vida de trabajo con este inmenso reconocimiento. Al Instituto
Cubano del Libro, el Ministerio de Cultura y el CITMA, instituciones que
patrocinan este galardón. A los amigos y amigas que han venido a compartir
conmigo este momento, y a los que me han transmitido su alegría al saberlo y no
han podido estar hoy aquí. Para todos son estas palabras.
De verdad que no sé cómo me va a salir. Que yo recuerde, nunca
antes fui premiado, ni siquiera como estudiante de primaria en los Hermanos
Maristas, de donde conservo solo medallas de plata; carezco de esa experiencia;
así que no tengo el hábito. En los pocos concursos a los que he enviado
trabajos recibí menciones pero nunca el premio.
De modo que, sin saber si podré responder bien a mi pregunta
inicial, comenzaré estas palabras, y las terminaré, a mi manera.
¿Me sorprendió el premio? Sí y no. No podía sorprenderme del
todo porque conocí que mi nombre había sido propuesto en ocasiones anteriores:
era un candidato y sería ridículo no reconocerlo aquí. Claro que un candidato
con pedigree de finalista, no de
premiado, lo que también explica que no fuera algo que esperara. Además, uno no
trabaja para ser premiado sino porque cree en la utilidad lo que hace.
De modo que sorpresa no me faltó, y conocer la decisión se
tradujo para mí en la emoción intensa que provoca el hecho de que tu comunidad
académica identifique en tu obra un aporte a la comprensión de la realidad
vivida, a la crítica y el pensamiento creador, y a los principios éticos a los
cuales has sujeto tu quehacer. No tendría palabras adecuadas para agradecerles.
De pronto me descubro premiado por primera vez en mi vida, y
de la manera más rotunda. Soy la vigésimo-segunda persona en recibir este homenaje,
tan grande que no acierto a convencerme de que me toca. Mi nombre se suma a una
galería que se llenó, desde 1985, de figuras que respeto y admiro, algunos mis
profesores, otros mis coetáneos en tiempo y quehacer. Lista donde inevitablemente
faltan los nombres de los que abandonaron la vida sin recibirlo, y de otros que
nos acompañan ahora y también lo merecen.
Este es un galardón que difícilmente hubiera podido ser
creado antes, pero para mí el gran inspirador de la ciencia social y
humanística en nuestro proceso revolucionario fue Ernesto Guevara, nuestro Che.
Por la obra de esa vida tan corta que, entre el discurso fundacional de la PNR
en 1959 y El socialismo y el hombre en
Cuba en 1965, sembró raíces de lucidez herética para el futuro, teórico y
práctico, del socialismo fundado y conducido en el siglo XX, a una altura sin
precedentes, por Fidel.
El Premio me dio una profunda satisfacción, que no había calculado,
y fue como una confirmación de que lo que he escrito y expresado ha sido
escuchado y leído, que no ha sido inútil. Y no como algo ocasional sino a lo
largo de más de medio siglo. ¡Tantas veces me he preguntado si valía la pena! O
si habría errado la vocación. Profunda satisfacción, porque me reitera también, a la vuelta de los
años, que las cosas que he dicho merecen ser tomadas en cuenta. Lo recibo como un
verdadero estímulo. El más importante de mi carrera de intelectual
revolucionario.
Desde que recibí la noticia he pensado en muchas cosas: en
todo lo que debía haber escrito y no llegué a escribir y en cómo corresponder
ahora, en la medida de mis capacidades y de mi talante, a este reconocimiento.
Porque el otorgamiento, que se refiere a la obra de toda una vida, incluye,
generosamente, un adelanto sobre lo que no has escrito aún, que debe ser consecuente con lo hecho hasta
ahora. He pensado también en este discurso de hoy, que supongo debe recorrer lo
esencial de la vida premiada, las circunstancias y escenarios que contribuyeron
a moldearla, el curso de mi pensamiento, el saldo de los riesgos y los reveses,
y la formación de los valores que creo presentes hoy en mis reflexiones. Aunque
tampoco debe ser largo, y no puedo aspirar a tanto.
Al instante de la victoria revolucionaria estudiaba yo en
los Estados Unidos y, a mi regreso a Cuba matriculé, en 1959, el curso nocturno de Derecho, en tanto orientaba
mi búsqueda de empleo hacia las nacientes estructuras creadas por la Revolución;
trabajé de 1960 a 1962 en empresas consolidadas del Departamento de
Industrialización del Instituto Nacional de la Reforma Agraria, después
Ministerio de Industrias, donde pude participar activamente en el proceso de
nacionalización de empresas. Recuerdo como instrumento emblemático un
portafolio de piel marrón que llevaba inscrito en grandes caracteres dorados
“INRA” y debajo, en otros más pequeños, “Departamento de Industrialización”. Aquellos
portafolios se convirtieron en esos días en la jaqueca de la burguesía. Aunque
no aludo aquí a una experiencia académica, la cito porque me sumergió de lleno
en la radicalidad del cambio que se iniciaba, dejando enseñanzas indelebles
para mi vida de revolucionario.
Conocedor de mis limitaciones profesionales, había continuado
mis estudios universitarios, y fue entonces que me llegó, en 1962, la proposición
de incorporarme al curso intensivo de Filosofía y Economía Política Marxistas
con vistas a implantar la docencia de dichas disciplinas en la Universidad. Lo
recuerdo como una especie de
alfabetización teórica, bajo la asesoría soviética, la colaboración de algunos
profesores cubanos, y la administración de las Escuelas de Instrucción Revolucionaria,
que contaban con unos dos años de existencia y una red muy estructurada. A mí
me había tocado ya, con anterioridad, “liberar” a compañeros de empresas para
que se internaran en escuelas provinciales. Los bolcheviques en el poder
crearon, en su tiempo, la “Academia Roja”. El objetivo en nuestro caso era
prepararnos para realizar el despegue docente y, una vez incorporados los
seleccionados al final del curso a la institución universitaria, continuar la
formación iniciada, precaria por fuerza.
De manera que el comienzo de mi vida académica llegaba a los
23 años, en el Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana.
Un espacio que resultó de duración corta, entre 1963 y 1971, pero decisivo en
la formación de aquel grupo fundador. Me atrevería a afirmar que aquella
original experiencia fue inigualable para todos los que pasamos por ella,
al margen de diferencias y de disensos. Fue allí, a través del estudio
sistemático, de la maravillosa experiencia del aula universitaria, de una
superación dirigida y realizada con rigor y sentido práctico, del ejercicio de la
crítica sin reticencias, en una palabra del aprendizaje de la herejía del
pensamiento, que puedo decir que comencé a hacerme lo que hoy soy (sea bueno o
malo). Allí conocí la responsabilidad de participar en la edición de una revista
de pensamiento, los desafíos de cada
número que preparábamos, las conmociones de la puesta en circulación, y aun
cincuenta años después la emoción de descubrir con cuánta nostalgia los 53
números de Pensamiento crítico se
recuerdan en tantos entornos latinoamericanos.
Desde el Departamento de Filosofía rompí el hielo de la
aventura de la pluma, para expresar, en el plano teórico, distanciamientos
críticos, y argumentar posturas propias, y en este terreno mi intervención en
la polémica sobre los manuales de filosofía en 1966 estimo que indicaba ya,
como ningún otro texto del período, cuál sería el curso de mi pensamiento, de
mi lectura de la historia, mi lectura del socialismo, del sistema-mundo, de la
realidad toda, si no es demasiado pedante que lo diga así.
Le cobré en aquel tiempo un amor a la colina universitaria que me sería difícil describir, aunque lo intenté en una breve nota para la revista Alma Mater a principios de los noventa. Creí con ingenuidad que mi destino me había ligado a ella con lazos indisolubles, por revolucionarios. Fue un deslumbramiento, un gesto tal vez de vanidad juvenil. Tendría que descubrir en los años siguientes dónde y cuándo no sería bienvenido; cómo y por qué no lo era, me quedaba más claro.
Le cobré en aquel tiempo un amor a la colina universitaria que me sería difícil describir, aunque lo intenté en una breve nota para la revista Alma Mater a principios de los noventa. Creí con ingenuidad que mi destino me había ligado a ella con lazos indisolubles, por revolucionarios. Fue un deslumbramiento, un gesto tal vez de vanidad juvenil. Tendría que descubrir en los años siguientes dónde y cuándo no sería bienvenido; cómo y por qué no lo era, me quedaba más claro.
Pero no faltaron en esos años otros espacios que me abrieran
sus puertas, a los cuales debo reconocimiento. De ellos también extraje
experiencias valiosas y descubrí relaciones de solidaridad, a veces
insospechadas, y de mucha ayuda.
Sin embargo, mi vida académica solo recuperó una intensidad
semejante a la vivida en los sesenta, en el Centro de Estudios sobre
América, de 1989 a 1995, con posterioridad a mi regreso de Europa como
diplomático. Nos percatábamos de que el sorpresivo proceso de desintegración de
Europa del Este obligaba a repensar el socialismo, y sentí incrementada de
nuevo la urgencia y la capacidad de lectura, las posibilidades de expresión y
de debate, los desafíos del ejercicio de pensar; sentí que se establecía un
diapasón para las relaciones académicas del grupo, que se activaban espacios de
estudio y debate para el pensamiento social en Cuba, que incluso nuestras perspectivas
de contribuir desde allí al cuerpo político institucional aumentaban, y que
nuestro trabajo jugaba un papel, por modesto que fuera, en la preparación de un
cambio necesario en el modelo socialista. La sorpresa fue, de nuevo, que lo que
hacíamos no tuviera una acogida favorable. Volví a figurar entonces en la plantilla de los
descalificados.
La descalificación fue pública y no necesito relatarla, como
tampoco sería honesto pasarla por alto en el recuento de mi vida de intelectual
comprometido. Ya había aprendido a defender, con la misma energía, la coherencia
de mis ideas y la de mis lealtades, más allá de la adversidad de la coyuntura. Ni
magnificar detalles buscando errores que corregir, con vistas a ganar un perdón,
ni acunar amarguras en la deformación que lleva del hereje al renegado, que
Isaac Deutscher describiera tan bien. Quien aspire a consagrar su vida al
pensamiento revolucionario tiene, ante todo, que respetarse a sí mismo, y
defender su pensamiento con libertad.
Del CEA pasé a trabajar en el Centro de Investigaciones
Psicológicas y Sociológicas durante los diez años siguientes. El CIPS me
permitió dar continuidad, con el total aliento de la institución, a la intensa
vida académica que había rescatado y sin otras dificultades significativas. También
conocí allí de cerca esfuerzos científicos serios que, trabados en el laberinto
de los cánones, no veían la luz.
Trabajaba como investigador y comenzaba a planear mi
jubilación cuando Roberto Fernández Retamar me sorprendió proponiéndome acompañarle
en la confección de Casa de las Américas,
su revista. Y yo, dispuesto siempre a
pertenencias valiosas y aventuras intelectuales, volví a aceptar.
La Casa de las Américas ha significado para mí muchas cosas; con unas había contado, con otras no. Por supuesto, sabía que ingresaba a un enclave de singular significado en la vida cultural de la Revolución, a trabajar con algunas de las figuras fundadoras con quienes había tenido relaciones desde mi etapa universitaria, y del año 1967 en que dirigí la Biblioteca Nacional José Martí, personas todas cercanas en afecto. Significaba volver a centrar mi atención en una revista, por añadidura de las más prestigiosas de nuestra América. El desafío radicaba ahora en el predominio de lo literario; lo sabía desde el principio, lo asumí y lo advertí, y ya tengo ocho años allí y he participado en la elaboración de treinta y dos números, sin que me haya llegado hasta ahora notificación de despido. Así que tan mal no debo haberlo hecho. He tenido la suerte de contar con un equipo pequeño, pero eficiente y bien cohesionado. En este tiempo he aprendido mucho de mis colegas en la Casa, de los de mi edad (mayores no los hay: Roberto es poeta y los poetas no tienen edad). Pero sobre todo aprendí a aprender de los más jóvenes. Siento que también escribo mejor hoy y eso se lo debo a Casa.
No estoy seguro de que esto sea lo que le tocaba decir al premiado, pero, una vez recuperado de las primeras emociones, me sentí motivado a recapitular por qué y para qué había sido premiada mi labor. En esa vida toda por la cual se premia atribuyo la mayor importancia a los cuatro escenarios referidos, en los cuales me he formado, y a la vez creo (otra inmodestia seguramente) haber contribuido a formar.
La Casa de las Américas ha significado para mí muchas cosas; con unas había contado, con otras no. Por supuesto, sabía que ingresaba a un enclave de singular significado en la vida cultural de la Revolución, a trabajar con algunas de las figuras fundadoras con quienes había tenido relaciones desde mi etapa universitaria, y del año 1967 en que dirigí la Biblioteca Nacional José Martí, personas todas cercanas en afecto. Significaba volver a centrar mi atención en una revista, por añadidura de las más prestigiosas de nuestra América. El desafío radicaba ahora en el predominio de lo literario; lo sabía desde el principio, lo asumí y lo advertí, y ya tengo ocho años allí y he participado en la elaboración de treinta y dos números, sin que me haya llegado hasta ahora notificación de despido. Así que tan mal no debo haberlo hecho. He tenido la suerte de contar con un equipo pequeño, pero eficiente y bien cohesionado. En este tiempo he aprendido mucho de mis colegas en la Casa, de los de mi edad (mayores no los hay: Roberto es poeta y los poetas no tienen edad). Pero sobre todo aprendí a aprender de los más jóvenes. Siento que también escribo mejor hoy y eso se lo debo a Casa.
No estoy seguro de que esto sea lo que le tocaba decir al premiado, pero, una vez recuperado de las primeras emociones, me sentí motivado a recapitular por qué y para qué había sido premiada mi labor. En esa vida toda por la cual se premia atribuyo la mayor importancia a los cuatro escenarios referidos, en los cuales me he formado, y a la vez creo (otra inmodestia seguramente) haber contribuido a formar.
A veces hubiera querido que el curso de mi vida académica fuera
otro más lineal, pero no fue así y tampoco lo lamento. Decliné en varias
ocasiones el ofrecimiento de doctorarme porque sentí que me llegaba pasado de
tiempo y contexto, como un requisito formal y no lo hubiera querido así. Pero
aclaro que esto de ningún modo significa desprecio hacia el grado científico. Lo
valoro en toda su magnitud, e incluso cursé estudios intensivos de alemán en
1975 cuando esta opción se presentó en mi camino. Aunque añadiría que tampoco sobrestimo
la acumulación de cursos y de créditos académicos. John D. Bernal atribuía lo
poco sistemático del genio de Da Vinci a no haber realizado estudios
universitarios, aunque gracias a ello –decía– tuvo menos que olvidar.
No podría poner fin a estas palabras sin destacar lo que
considero un verdadero privilegio: la casualidad de que este galardón me haya
tocado al cabo de la primera década de
transformación del mapa político latinoamericano. Cuando la resistencia a la
hegemonía imperialista cuaja en proyectos nacionales independientes y rescates socialistas.
Del proyecto de integración de nuestra América y de la búsqueda de caminos
propios. Recibo el premio a pocos días de haberse celebrado en La Habana la IIª
Cumbre de CELAC, que resume los avances, la fortaleza, las dificultades y los
retos del proceso. La aventura del pensamiento social está más urgida que nunca,
de activarse desprovista de lastres, para no dejar espacio ni problema de la
vida real fuera del bisturí de la reflexión y la crítica, y de la búsqueda de
propuestas. Pienso en una ciencia social verdaderamente marxista, capaz de
afrontar el reto del tiempo, no concebida para satisfacer y santificar las
decisiones de la política, sino para dejar su aporte a través de la crítica rigurosa
y de la participación comprometida.
Para terminar, diré que he pensado, cuando se me notificó
este honor, en dos compañeros, estudiosos y amigos, muy cercanos. En Hugo Azcuy
con quien compartí mi vida en el Departamento de Filosofía primero y después en
el CEA, y que falleció en 1996. Y en Jorge Ramírez Calzadilla, a quien
también conocí desde los sesenta, fue mi compañero
de trabajo en el CIPS, y murió en 2006. Estarían felices hoy a mi lado.
Agradezco a mis padres, que sin ser intelectuales supieron priorizar
la educación de sus hijos, y nos introdujeron al placer de la lectura con El tesoro de la juventud, con Salgari,
Julio Verne y Dumas, con el Quijote y con el uso de la enciclopedia. A Cary Cruz,
mi compañera de los momentos felices y los difíciles, más que los
agradecimientos, le toca el premio, porque de no ser por su apoyo en todos los
sentidos imaginables, difícilmente hubiera llegado yo a este momento. El premio
es suyo tanto como mío.
Muchas gracias
206 comentarios:
«El más antiguo ‹Más antiguo 201 – 206 de 206Hay una nueva entrada
¡q impresión! cuando ni yo misma tengo formada una opinión en tantas cosas de la vida, salvo en la certeza de aquello que encontré, que otros me definan tan decididamente.
Cuando aún para mi misma soy un misterio, que otros me conozcan tanto e insistan en definirme.
Entré para desuscribirme a los comentarios así no me llegan a los mails, y me calen hondo, y me encontré con alguien que me explica a mi misma.
Silvio, yo te mandé mail, es personal y no es por Venezuela.
Patricia, ahora dices que no tienes opinión formada, pero cuando dices que has encontrado en la web una opinión golpista y la pones, es como si tomaras partido. Y generalmente contigo eso es lo que sucede. ¿Por qué mejor no asumes como eres y punto? Aquí te vamos a seguir respetando como hasta ahora.
Silvio:
Duende, es así como bien lo defines, no hay término medio y en todo caso el término medio en política siempre o casi siempre se inclina a los poderosos. O se defiende a Venezuela o se está con los fascistas y su poder mediático interno y externo, no nos dejemos confundir.
Reitero no podemos ser ingenuos.
La ingenuidad la pagan bien caro las Revoluciones y los Revolucionarios, a quien esos "demócratas" le quieren arrancar todo hasta nuestro "Badajo".
Si esa derecha hipotéticamente lograra terminar con la Revolución Bolivariana que nadie lo dude un segundo los ríos de sangre de los que han defendido esa Revolución correrían por toda la geografía de ese querido país.
Eso mismo quisieran verlo para los otros países y darían todo lo que pudieran dar y mucho más, porque ocurriera en Cuba.
Gustavo, mis saludos, te leo con mucho respeto y aprendo de tus comentarios.
Saludos
Sergio
no, Silvio, realmente no tengo ninguna opinión formada, estoy más confundida q nunca.
Las opiniones q tengo, ya les dije montones de veces, pero en cuanto a esto, no. Y, no sé, si te fijaste, pero dije del video que vi de Lopez q da razón a Maduro, veo q no me creiste.
Pero si vieras esa entrevista, es claro el interés de Lopez por destituir y no solo, sino q está en un grupo de opositores de varios países de la región, lo dice todo en ese video del 27 de enero, tal cual como lo dije aquí mismo.
También dije siempre que yo quiero un diálogo, porq tengo amigos, q también dije q no están apoyando las manifestaciones, pero que ven la necesidad de ese diálogo urgente.
Todo lo q pienso lo dije, también veo los problemas económicos del gobierno, y no puedo cerrar los ojos a eso.
Jamás me sentí irrespetada, solamente por el último comentario de Duende, porq sinceramente me califica de una manera (descalificante en la intención, porq no me chupo el dedo) q ni yo logro hacerlo.
Mira, q nunca tuve miedo, de asumir lo q soy ni lo q digo, creo q he dado varias muestras aquí, cuando algo no lo digo y no lo asumo, es porq no lo sé, simplemente.
Y, según veo, Silvio, me confirmas lo que te pregunté por un mail, que el dicho ese lo dijiste por mi comentario. Te digo por aquí ya que no creo leas el mail, pero no sé ni por casualidad que cosa yo comencé, solo justamente puse lo que iba pensando y viendo, y te puse de la incomodidad por como se estaba dando esto, no por hacerme víctima de nada, primero porq yo no entiendo que es lo que yo comencé, y después porq no me sentí nunca atacada.
Además que jamás me hice la víctima aquí. Era solamente q no me sentía comoda de manera general como se estaba hablando.
Aquí he conocido hermosos amigos, ¿como voy a sentir q no me respetasen?, y amigos q no solo respeto me dan sino afecto, q por supuesto es recíproco.
Sabes que te quiero, por el momento me tomo un impasse para calmar mi mente y mi corazón.
un capo aurelio
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